Vivir Sant Jordi

Cuando uno camina Rambla abajo el día de Sant Jordi es muy complicado no dejarse arrastrar por la marea humana. La Rambla tiene ese encanto de las calles inmortales de Barcelona, pueden cambiar los actores pero el escenario siempre permanece constante. Trabajadores con prisa y turistas por la mañana; parejas de estudiantes y turistas por la tarde; putas, lateros y turistas por la noche. Pero cuando es Sant Jordi y se montan las paradetes de libros y flores a diestra y siniestra, intercaladas entre puestos animales y kioscos, la frenética actividad de las ramblas se cortocircuita. Por alguna extraña y mágica razón todos comienzan a circular siguiendo involuntariamente el sentido de una carretera, bajando por la derecha hacia Colón y subiendo por la izquierda hacia Catalunya. Y también cambian los ritmos. Se arrebata al guiri el monopolio del paseo distraído y, día excepcional del año, nadie se incomoda por tener que caminar más despacio.
Degustar las paradetes de los libros tiene mucho de ritual si bien no todas son iguales ni de lejos. Algunas tienen una pose de puro marketing. Tienen banners frontales, precios escritos en impresora a chorro y formas perfectamente rectas. Aquí una muralla de los best-sellers de la temporada sirve de parapeto al muchacho al cargo que puede seguir preparando rosas al otro lado de la mesa, a salvo de la riada de gente que circula bordeando esa isla. Frente a estas hay otras paradas que tienen una pose elegante. Los libros éxitos en ventas son menos comunes pero hay poseía y clásicos encuadernados en tapa dura de Joan Maragall y Salvador Espriu. Es el dominio de la obra intemporal. Al otro lado de la mesa de libros siempre monta guardia un hombre de mirada seria y barba cana impolutamente recortada que repasa sus propiedades como un tesoro. Hay que pensárselo dos veces antes de molestarle… Pero también hay un tercer tipo de puestos, esos que son verdaderos anticuarios en los que reina el desorden. El precio nunca se sabe, se debe calcular al peso. No verás un solo libro anunciado en el Corte Inglés pues todos son amarillentos, de hojas raídas y subrayadas en algunos puntos. Eso sí, cuando te pierdes entre sus cajas es cuando aparecen joyas inesperadas. Más que buscar, en estas paradas uno solo puede descubrir.
Pero Sant Jordi no es solo una fiesta que se lea, Sant Jordi también es una fiesta que se huele. Hay olor a rosa, pero con muchos matices; muchas ya han sido remplazadas por productos de invernadero y acusan la pérdida. Es en los puestos laterales que se dedican solo a flores donde su aroma es más fuerte, en especial cuando sus pétalos están húmedos. Pero por sí mismos no bastan. Es cuando algún caballero catalán de los de toda la vida – de estos de bigote impoluto y cejas pobladas – compra una rosa y la lleva en la mano con un libro viejo que se obra el hechizo. La mezcla del olor del papel antiguo, de la tinta y de la flor húmeda deja tras de si el aroma característico de este día. Es una combinación mágica. Este día suele venir acompañado de un tiempo primaveral – no se si es por buena suerte, pero yo solo lo he vivido soleado – lo que hace que además los olores se mezclen con la suave brisa de un día de primavera en Barcelona. Es posible que sean estas pequeñas partículas que flotan en el aire las que hacen que este día se viva de una manera tan diferente a todos los demás.
Cuando el sol empieza a ponerse con pereza es cuando cae lentamente el flujo de transeúntes. Tras el repunte de afluencia a la hora de salir del trabajo pocos de los que llevan todo el día por la calle pueden aguantar el dolor de pies. Muchos se refugian con sus amigos o sus parejas en las cafeterías. Es entonces cuando repasan el inventario de libros con el que se ha hecho y se debate en las dudas, sin saber cual quiere empezar primero. Uno tiene el complejo del asno de Buridán, todas sus lecturas son tan deliciosas a su modo que es imposible decidir. Abrir un libro plastificado parece una violación, empezar las páginas de otro parece ser infiel. Pero casi todo esto queda postergado al regreso a casa. Se enfría el humeante café y se intercambian los pareceres sobre tal o cual novela, suben de tono las discusiones y las parejas se cogen de la mano con miradas cómplices. Rosas y libros descansan encima de la mesa de mármol granito mientras que a través de las ventanas se dibuja el falso espejismo de en algún momento dejará de bajar y subir gente por las Ramblas…
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Una respuesta a Vivir Sant Jordi

  1. mamipanchita dijo:

    Oye nen ¡que bonito!

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