No es país para jóvenes

Se suele decir que los jóvenes son los mejores activos de los que dispone un país. Son los trabajadores más innovadores, los que más capacidad y margen tienen para emprender, los más receptivos al cambio tecnológico, los que se encuentran en la etapa más productiva de su vida y, evidentemente, son una inversión para el crecimiento económico del futuro. Y si esto es así, creo que en España tenemos verdaderas razones para preocuparnos. Tenemos un 49,6% de paro juvenil, más del doble del promedio europeo, una tasa que no contabiliza aquellos jóvenes que han decidido estudiar para escapar de una segura cola del INEM. A esto hay que sumar los casi 166.000 menores de 25 años que han salido del país para buscar empleo. Por ejemplo, nuestra comunidad inmigrante en Reino Unido se ha incrementando en 25.000 jóvenes, creciendo un 85% solo este año. Y mientras el 65% de los jóvenes declara estar dispuesto a emigrar para buscar trabajo, en especial los de mayor nivel formativo, más de medio millón de jóvenes que se emanciparon desde 2008 han tenido que volver a casa de sus padres.

La juventud en nuestro país está desamparada hasta tal punto que el FMI ha llegado a alertar de que todos aquellos por debajo de 25 años pueden acabar como una ‘generación perdida’. De aquí la paradoja que se ha asumido con resignación en nuestro país: la generación mejor preparada de nuestra historia será probablemente la primera en vivir peor que sus padres ¿Cómo es esto posible? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Aunque esta situación se puede explicar desde diferentes ópticas, yo me centraré en la perspectiva de la representación política. Una importante causa de este drama es que los jóvenes españoles no disponen de agentes que apliquen políticas a su favor tales como, por ejemplo, becas generosas y cuantiosas, sistemas de guarderías, un mercado potente del alquiler, fomento de la emancipación juvenil o un mercado de trabajo receptivo para su contratación. ¿Y por qué? Pues, básicamente, porque los principales actores que pueden implementarlas, como son los sindicatos o los partidos, tienen limitados incentivos para hacerlo.

Por un lado, la fortaleza de los sindicatos depende en gran medida de sus afiliados y de las elecciones sindicales en comités de empresa. Por eso son más importantes en los grandes centros de trabajo y en la función pública, donde predominan los trabajadores más protegidos laboralmente y de mediana edad. Por el contrario, en la periferia laboral, en subcontratas o como interino, encadenando temporalidad y con contratos semestrales, en empresas pequeñas, como autónomos y con un coste de despido cero, allí están nuestros jóvenes. Y más a futuro, vista la evolución del tejido productivo de España. Dada esta dualidad laboral, es lógico que para los sindicatos el destino de los jóvenes tenga menos importancia. No se afilian, casi siempre porque tampoco pueden, y son muy rotativos en sus puestos de trabajo. Si la movilización tiene un coste, lo seguro para ellos es hacerlo por los fijos de la empresa, que nunca resultan ser los más jóvenes. De ahí que los sindicatos en esta crisis no alzaran la voz hasta que empezaron los ERE en sentido estricto. Los jóvenes ya habían muerto silenciosamente mucho tiempo antes cuando, sin siquiera una palmada en la espalda, dejaron de renovarse sus contratos de trabajo.

Pero en el caso de los partidos la dinámica no es diferente. Por una parte, los jóvenes suelen votar menos que las personas de mediana edad y, por supuesto, en una democracia uno vale si vota. Pero además, hay un segundo elemento estructural: el envejecimiento de nuestra población. Cada vez hay menos jóvenes y su peso relativo es menor, de modo que las políticas tienden a orientarse hacia a los colectivos de mayor edad. Por eso se pone más esfuerzo, por ejemplo, en garantizar la sostenibilidad del sistema de pensiones que en una política de empleo juvenil. Y pese a que la segunda política podría ayudar a la primera, se opta por trasladar la responsabilidad a generaciones futuras aumentando la edad de jubilación antes que abordar en serio una política de natalidad, que pasa obligatoriamente por la emancipación juvenil. Parece no tener coste que las familias sean el fundamental salvavidas de los jóvenes frente a la crisis. Dada esta situación, es complicado saber qué fue primero, si el desencanto de la juventud o que los actores institucionales les dieran la espalda. Sin embargo, nuestro futuro colectivo necesita que alguien recoja el guante. Alguien que quiera que España también sea un país para jóvenes.

(Tribuna publicada en el diario “La Rioja” el 20-01-2012)
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2 respuestas a No es país para jóvenes

  1. Will B dijo:

    Querido Pablo, muy informativa entrada y sobretodo, una perspectiva siempre realista. Creo que es un problema enorme en muchos de nuestros paises, sean “industrializados” o no y un recurso que no se puede perder. Aqui en el Canada se cuida mucho al jubilado y sin una inversion en la juventud, nadie podra gozar de una pension o peor, nadie podra jubilarse. La crisis economica pide que gastemos pero parece que las empresas no se animan. Un abrazo grande!

  2. Aniwarm dijo:

    Pocas cosas hay peores que tener 15 años y leer esto. “La generación perdida”, nada más y nada menos, da la sensación de que estoy estudiando para nada, sé que no es así, cuanto más preparada esté, más facilidad para encontrar empleo debería tener y de mayor calidad, o al menos así debería ser si el mercado laboral deja el ‘enchufismo’ a un lado.

    Desde luego no es el mejor momento de España, los datos son espantosos: 4% de excelencia, los países de nuestro alrededor el doble, y el objetivo fijado por la UE, el triple. Somos unos retrasados en materia de educación, no es una novedad. Aún así, somos la generación mejor preparada y la que tiene más posibilidades de vivir peor que la anterior.. Da que pensar.

    Estando lo mal que está yo habría aplicado las dos, política de natalidad y aumento de la jubilación, aunque tampoco entiendo mucho, pero me parece la mejor manera de hacerlo dada la magnitud del problema. La juventud está desincentivada totalmente: “¿para qué estudiar si no voy a encontrar trabajo?”.

    A España le sobran suspiros que anhelan tiempos pasados que fueron mejores, porque éstos debían ser lo que vienen y no los que ya pasaron.

    Un saludo :-)

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