Comienzo por mi respeto por las personas que han decidido opositar. No sólo hay que memorizar como un loro un sinfín de temarios extensísimos y aburridísimos durante uno o más años, encima hay que cantarlos ante un tribunal de impertérritas autoridades. Y tras semejante calvario la aventura no hace sino comenzar. Puedes conseguir plaza si eres un afortunado (en tiempo y circunstancia) pero si no tienes tanta suerte se te mete en listas de interino y te tienen dando vueltas por, depende de cómo, toda la geografía española. Por supuesto, ser funcionario tiene ventajas de sobra conocidas. Trabajo estable y remuneración no muy alta pero al menos digna. El desgaste de todo trabajo, por descontado, pero también la ansiada estabilidad. Mientras he hecho la carrera se me ha dicho muchas veces que lo mejor que podría hacer es una oposición. (Depende de quien incluso insiste hoy día) Algunos hasta me elegían la oposición “¡Oposita para inspector de Hacienda!” (¿Tengo cara de inspector de Hacienda?).
Esta intuición que planteo aquí arriba es ilustrativa de lo que las encuestas ya han certificado: el 70% de la población preferiría ser funcionario a pesar de que los salarios son sensiblemente inferiores a lo que hay en el sector privado. Lo que más se valora del trabajar en el sector público es el hecho de tener un empleo para toda la vida y unos horarios que facilitan la conciliación de la vida laboral y familiar. De momento aparcaré la importante temporalidad que hay en el sector público y ahondaré en la primera conclusión que uno podría plantearse a tenor de estos datos: hay dos estilos diferentes de vida, uno que valora más el riesgo y el ser emprendedor, y otro que es adverso al riesgo y prefiere la seguridad. Pues bien, parece que la mayoría de los españoles son de este último tipo. Es posible que sea una pauta cultural (ya sabéis, estos latinos tan conservadores y vagos) pero mi punto de vista es que son más bien las instituciones las que han dado pie a que esta preferencia sea la lógicamente razonable (aunque luego se retroalimente). Y por instituciones me refiero al propio funcionamiento del mercado de trabajo.
Si vemos las tasas de temporalidad y precariedad en el mercado laboral, el hecho de que el paro es un mal endémico en España, lo costosas que son las transiciones del mundo de trabajo a la maternidad y viceversa para las mujeres, las dificultades de conciliación de vida laboral y familiar… es perfectamente comprensible que haya una mayoría de gente que prefiera ser funcionario. Es que no puede ser de otra manera en uno de los mercados de trabajo más duales y voraces de toda la Unión Europea. El único freno a que no tengamos un 70% de opositores es precisamente el bajo nivel de cualificación de nuestra mano de obra que impide a mucha gente optara ello y que los aboca a la ingratitud del mercado privado. Pero si se quiere cambiar estas pautas “culturales” hay una buena receta. Hacer que los puestos de trabajo tengan una suficiente calidad y estén lo suficientemente regulados como para que se parezcan más a los de un funcionario que a los de un esclavo. ¿O es que en Alemania, el país de Weber, hay un 70% de gente codiciando la función pública como única salida? Me extrañaría mucho.
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Muy buen aporte. Conseguir un empleo público no es para nada fácil por la gran cantidad de personas que se presenta a opositar. Sin embargo, considero que vale la pena invertir tiempo de estudio y presentarse a concursar teniendo en cuenta las ventajas económicas y sociales que implica trabajar en el Estado.