Cuando estaba en la carrera cursando mis asignaturas de economía era recurrente que saliera un ejemplo país modelo por su crecimiento espectacular. Me refiero a Irlanda, el conocido como “el Tigre Celta”. Irlanda era un país empobrecido hasta alrededor de los 70, tradicional emisor de inmigración y hermano pequeño de los países de corte anglosajón. Sin embargo, fue alrededor de esa década comenzó a aplicar unas políticas basadas en beneficios fiscales para atraer a empresas estadounidenses. Se subvencionaron parqués empresariales, en general de alto valor añadido, y se limitaron las tramas burocráticas a la entrada de capital foráneo. Ello vino acompañado de una flexibilización del mercado laboral, seguido de un despegue del consumo interno y de la construcción. Esto produjo unos resultados muy positivos en el corto-medio plazo. El PIB de Irlanda se disparó y se situó entre los mejores países de la UE en términos de calidad de vida. No olvidemos que estuvo creciendo a tasas del 5% los últimos 10 años. Sin embargo, llegó la crisis y al tigre le habían quitado las garras.
Hoy Irlanda es un país al borde del colapso. Por un lado, sus bancos, dada la facilidad para acceder a activos de EEUU (no es diferente al caso de Islandia) acumulan deudas astronómicas derivadas de la estafa de las sub-prime. Una deuda privada que es asumida por el Estado cuando se decide intervenir el sistema financiero. Pero esto se combina con una crisis inmobiliaria semejante a la española, que ha deprimido el crecimiento económico del país y genera una recesión espoleada también por causas internas. En España solemos hablar de crisis interna y financiera, pero es que allí sí que saben lo que es una doble crisis de verdad. Y esto se combina con algunos de los problemas derivados de la desregulación económica. Por un lado, no existen fuentes de ingresos tributarios como para poder hacerse cargo de la deuda ya que el estado es muy escuálido. Por el otro, durante los tiempos de bonanza no se hizo un esfuerzo inversor en infraestructuras o bienes de equipo para intentar espolear el crecimiento de la industria nacional. Se sigue dependiendo de la inversión extranjera. Claro, en este contexto las industrias de EEUU y Reino Unido apenas han tenido restricciones para abandonar el país. Eso por ni siquiera hablar de los servicios sociales como educación o sanidad, que apenas logran satisfacer la demanda interna.
Probablemente la UE intervenga en el país en este contexto de crisis de deuda (bis), especialmente para evitar el contagio a Portugal (que ya ha alertado de que podría producirse por boca de un ministro que está mejor callado) y Grecia (cuyo déficit será mayor de lo previsto inicialmente). En teoría España, o eso dicen, queda al margen (ayer nuestro diferencial con el bono español se redujo tras el máximo histórico de la semana pasada) cosa que nos conviene para vender los 9500 euros de Deuda esta semana. Solchaga dijo hace dos días en una entrevista que ve imposible la desintegración del euro, básicamente porque los costes de salida serían tan grandes que es preferible realizar los ajustes dentro que dejar a países por el camino. Sin embargo, yo todavía me pregunto: ¿Estamos aplicando las recetas adecuadas para salir de la crisis? Los mercados presionan para adoptar reformas para desregular el mercado de trabajo, disminuir déficits (engordados por su culpa), reducir cotizaciones a empresas… que son justamente las políticas que hacen que Irlanda hoy esté como está. El precio de no seguir sus indicaciones está claro y lo padecemos en forma de intereses y ataques especulativos. Sin embargo, sus recetas parecen implicar un coste en el medio-largo plazo, cuando venga otra crisis. ¿Qué hacer en esta deriva trágica? Y si queremos acotar el poder de los mercados y fortalecer la capacidad recaudatoria del Estado en una agenda social-demócrata clásica… ¿Quién le pone el cascabel al gato?
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