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Mi pica en Flandes (6): Vente pa Bruselas, Pepe
De nuevo, volví a llegar con 15 minutos de antelación a nuestro encuentro, pero José Antonio (El Cordobés) ya estaba esperando en la puerta. Álvaro se había quedado atrapado en un atasco de camino al centro de Bruselas, así que le propuse que nos tomásemos un café en un portugués frente a mi futura casa. Hubo que esperar un rato hasta que el camarero se enteró de que estábamos allí. Con camisa blanca, delgado, de unos cincuenta años, con un bigote fino y ridículo, el hombre nos sirvió un par de cafés con leche ardiendo. Nos saludó en español y se volvió a discutir con alguien al otro lado de una larga barra plateada. De fondo, una serie en portugués terriblemente parecida a UPA Dance. Nos sentamos en una mesa frente a frente y me puse a preguntarle por su experiencia en el país, cómo había venido a parar a Bélgica. Por una parte, por curiosidad. Por otra, para ganar algo de tiempo antes de resolver la firma del contrato – y toda la vorágine de papeleo en la que estoy metido ahora. De esto último ya hablaré en otra ocasión. Más interesante es la historia de José Antonio.
El primero que vino a Bélgica fue su padre, según contó, que trabajaba en un pueblo de la provincia de Córdoba – no recuerdo el nombre – ligado a la minería. Por entonces, según me contó, los inmigrantes españoles tenían que pasar obligatoriamente cinco años por las minas de la cercanía de Charleroi antes de poder moverse libremente por el país. No le debió de ir mal al padre porque, antes de acabar con el quinquenio, pudo traerse a su mujer y a sus hijos de España. “Entonces, por los años cuarenta, veníamos muchos. De mi pueblo vinieron veinte”. Cuando él se emancipó, justo en el piso que vamos a alquilar, montó una ferretería. Se dedicaban a hacer trabajos en madera y vender muebles a medida por encargo. Según contaba, se hicieron de oro porque había mucha demanda de buena carpintería.
Con lo que sacaba fue guardando unos ahorros y compró un par de pisos en Bruselas. “La gente que venía aquí lo que hacía era comprar en España. Eso es mal negocio, no sacas nada. Aquí sin embargo…”. José Antonio decía que en eso los españoles eran como los portugueses. Los italianos, sin embargo, sí que reinvertían aquí. Después también vinieron las chachas (sic), españolas que venían para limpiar en las casas durante un año o así, sacarse dinero para el ajuar y volverse a España. “Al final no se volvía ninguna”, se reía él. Sin embargo, en los 60 parece que mucha gente sí que empezó a volver. “Sin embargo, no eran los que se habían marchado primero. Eran los hijos. Los de mi quinta”. Eran los años del boom en España y hubo cierto retorno, pero no de todos. “Algunos nos quedamos, aunque seguíamos yendo cuando podíamos. En Bruselas se vive muy bien salvo por el tiempo”.
Según contaba, fue comprando algunas casas más, además de un terreno en Valencia de naranjos (que no le da nada, se quejó) y un apartamento en Cullera. Hoy prácticamente es un rentista y en un par de semanas se va tres meses a Valencia, a sudar el verano en la costa. “Lo de entonces no tiene nada que ver con ahora” decía “Ahora vosotros venís con vuestra cualificación. Entonces nosotros veníamos para los batimentos (la construcción), como muchos portugueses y polacos ahora”. Cuando seguimos en la conversación, justo antes de que llegara Álvaro e hiciéramos los negocios en aquella mesa del portugués, se interesó por la duración de mi estancia. “Un año. Cuanta gente he conocido yo que dijo que solo venía para un año… ¡Y aquí siguen!”. ¿Profecía? Ya veremos. De momento tener un casero de la primera ola de inmigración española es una forma muy poética de cerrar el círculo.
Publicado en Bruselas, La vida misma
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Mi pica en Flandes (5): Jean Volders, provincia de Córdoba
Jean Volders fue un tipo importante dentro del movimiento obrero belga. Periodista de formación, este señor estuvo entre los fundadores y primeros dirigentes del Partido Obrero Belga, así como de su revista “Le Peuple”. Entusiasta activista, luchó por la instauración del sufragio universal y su llamamiento a la huelga general le hizo pasar por prisión un tiempo. Cuando murió en 1986, su funeral atrajo miles de personas y, tras incinerarlo, fue enterrado en el cementerio con el epitafio. “Il aimait le peuple, le peuple le pleure”. En la calle dedicada a este personaje histórico, en la commune de St. Gilles y junto a la Puerta de Hall (de la Bruselas medieval), es donde voy a vivir. Dejadme que os cuente un poco cómo han ido estos últimos dos-tres días, un poco agobiantes mientras trotaba arriba y abajo por la ciudad.
Desde el domingo he estado haciendo visitas a pisos y apartamentos. Al principio estaba abierto a todas las opciones. He visto una habitación para compartir, unos ocho apartamentos individuales – casi todos por la zona de Ixelles, como tenía previsto –, una semi-residencia (zonas comunes de cocina y lavadora) y hasta la casa de una señora – que tenía un apartamento individual arriba pero viviendo ella debajo, viéndome obligado literalmente a pasar por su salón para subir las escaleras. El mercado del alquiler en Bruselas funciona de manera muy ágil, y la cosa ha ido bastante rápida una vez tenía un móvil y podía llamar directamente. Es verdad, lo del correo electrónico no lo utilizan. Sin embargo, no es menos cierto que los alquileres están muy muy demandados. En algunos sitios nos juntábamos hasta 10 personas/ parejas para la visita y, aunque dieras el ok, luego te tocaba pasar por un casting. En teoría estoy en dos listas de espera – irán a llamar a la CIA o algo.
El primer día que llegué a Bruselas contacté con un chico, Álvaro, que conozco a través de twitter y Jorge San Miguel. Español, lleva tiempo en Bruselas y también iba a buscar piso para a partir de julio. Así, nos coordinamos para explorar opciones, aunque no dejé de buscar individuales por si acaso. El tema es que aunque dimos el ok a un posible piso en plaza Flaguey (es el centro de Ixelles) lo cierto es que salía un poco caro. Así que nos fuimos a dar una vuelta por si veíamos alguna alternativa más. El viernes era mi fecha tope. Buscar con dos habitaciones es difícil pero, por estas casualidades de la vida, encontramos una posibilidad sorprendentemente barata en rue Volders, que está por la zona que más se está gentryficando (a-pijando) del barrio de St. Gilles. Un metro al lado, cerca de la estación de tren… Bien comunicado. Llamé en ese mismo momento. Aunque empecé a chapurrear en mi francés de Tip y Coll, el hombre me dijo que podíamos cambiar al español. Entonces lo vi ¡Leches, un andaluz! Por lo visto ese es el antiguo barrio español, así que no es tan raro. Concertamos una cita al día siguiente a las 14:30.
Yo llegué con 15 minutos de antelación y me tomé un café rápido en el bar portugués de enfrente. Mientras, Angelina Jolie estaba matando algo por la tele. Cuando llegó la hora, un hombre calvo, gordito y con jersey rosa de Lacoste me hizo señas. Efectivamente un emigrante andaluz (El Cordobés) que llevaba más de 30 años en el país. Le seguí. El piso está a nivel de suelo. Según se entra, bajas tres escaleras y ya estás dentro. Completamente nuevo y reformado, el piso tiene suelo de madera y es muy muy espacioso. A mano derecha tiene el baño, luego dos habitaciones, la cocina – casi totalmente equipada – y el salón. Además, tiene una puerta que da a un patio interior solo para nosotros. Es cierto que no le da mucho el sol pero es muy luminoso. Lo vi y me encantó así que hablé con el hombre sobre cómo podríamos arreglar el tema. Me dijo que había lista pero que yo le había “caído en gracia” (viva Blas Infante) y que me pasaría el primero, pero que no me demorase. Tomé fotos y hablé con Álvaro por correo. Él quería verlo también.
Tras seguir haciendo visitas (por si las moscas), a las 20:00 nos vimos de nuevo en el piso. También le gustó mucho, así que ya lo tenemos. ¡Nos quedamos con el piso! Hoy iré a empezar con los papeles. Ya tengo abierta cuenta aquí (mientras esperaba la mujer me ha ofrecido un café y unas pastas, igualito que en una sucursal española). El precio del piso es muy razonable y creo que amueblarlo va a ser divertido. Montarme una casa al gusto. Además, al fin y al cabo, luego podré vender los muebles y el ahorro respecto de un apartamento individual me compensa. En tres meses amortizo. No sé si tienen Ikea en este país pero sí sé que hay bastantes sitios para conseguir cosas de segunda mano. Ahora lo que me urge conseguir una cama – el hombre nos deja una. Álvaro también irá mirando cosas cuando me vaya la próxima semana. La cosa marcha.
PD: Me ha dicho Álvaro enfrente de nuestro piso una compañera suya de Autol. Épico.
Publicado en Bruselas, La vida misma
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Mi pica en Flandes (4): Promeneando
Escribo estas notas antes de empezar a llamar a números de teléfono como un desgraciado. Son las 15:00 del domingo y hace frío en el exterior. Se acabó el buen tiempo en Bruselas, al menos de momento, y tengo la cabeza llena de cosas. Vamos a ver si las ordeno. Ayer sábado me levante temprano y me dirigí al albergue que tenía reservado para la segunda semana. He encontrado quien me acoja así que tengo que cancelarlo –me ahorraré unos cuartos. Reconozco que a medida caminaba por aquella zona me alegré bastante de no haberlo cogido para la primera. Está bastante lejos del centro y en una zona poco amigable, la típica zona que obliga a poner cámaras en la puerta y que haya que llamar para que te abran hasta por el día. El resto de la mañana la pasé por el centro. Fui con el ordenador a cuestas – no me fiaba de dejarlo en el albergue – bajo un sol de justicia. Creo que el cogollo de la ciudad me lo recorrí entero, incluyendo una visita a los alrededores del Palacio Real y el parlamento federal. Descubrí sorprendido que detrás de mí albergue hay galerías de arte y callejuelas bastante arregladas. En mi talento natural por detectar los sitios lumpen, no encuentro los sitios bonitos delante de mis narices hasta que ya me conozco hasta el último callejón meado de una ciudad.
Como la estrategia para encontrar piso no está dando los rendimientos esperados – solo tengo dos visitas para el lunes y debería dejarlo cerrado todo para la próxima semana – he cambiado de enfoque. Siguiendo el consejo de los nativos varios, lo que me dedico es a promenear, a dar vueltas por los barrios que me interesan con un libro y una carpetilla de la UPF apuntando en una hoja de papel todos los números de pisos puestos en alquiler que puedan interesarme. A eso me he dedicado toda la tarde de ayer y la mañana de hoy, aunque sin el ordenador, que lo he dejado en la consigna. Me he recorrido de arriba a abajo Ixelles – ya me oriento de maravilla ¡Como para no! – y el norte de St. Gilles, zonas agradables para vivir, quizá un poco demasiado a la Gracia. En algunos de los sitios se notaba esto último, con ofertas claramente por encima del presupuesto que me puedo permitir. De todos modos, he logrado sacar una docena de posibles y seguro que tendré más efectividad que por internet. Ayer me compré una tarjeta pre-pago de 15 eurillos, así que ya tengo un número al que darle uso. Las conversaciones se prometen divertidas.
Me gustaría decir que tengo anécdotas espectaculares que contar pero creo que no es el caso. Estuve en el bar de la prima de una amiga, que se comprometió a echarme una mano si se enteraba de alguna oferta. El sitio se supone que era de tapas de Barcelona pero evidentemente eso es una contradicción en sus términos. Junto a las cañas me puso un platillo de aceitunas. Como típico de Barcelona, vamos. Aunque estuve dos veces (una antes y otra después de patearme la commune), solo en la segunda había ambientillo de fiesta. Agotado y un poco desmejorado, no me quedé mucho más y me volví al albergue. Allí me di una ducha, me adecenté y me decidí a salir a tomar algo por el centro. Aunque iba solo la excursión estuvo bien para poder ver la ciudad iluminada. Tras tomarme una caña en un bar y darme a mí mismo un poco de penita (beber solo en una barra, como en el bar de Mou), me volví al albergue. Estoy contento con la marcha del negocio, creo que no tardaré en encontrar piso, pero siento un poco de urgencia por dejar todo lo que pueda resuelto antes de volverme el martes.
Parece que el sol asoma un poco tímidamente entre las nubes. Este mediodía me he dado cuenta de que la sede del PS la tengo a dos manzanas – toda roja, discretita ella. Hoy para comer he vuelto a tirar de durüm y ya estoy hasta los falafeles. Es el día de La Rioja y de lo que tengo antojo es de chuletas.
Publicado en Bruselas, La vida misma
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Mi pica en Flandes (3): Border line
Venga, no me jodas. Cuando me acerqué a la puerta no hubo manera de que se abriera. Me di la vuelta pero la otra puerta con sensor de movimiento por la que justo había pasado ni se inmutó. Efectivamente, estaba a atrapado entre las dos puertas, sin poder avanzar ni retroceder. Universidad Libre de Bruselas, 20:01 de la tarde tras un día infernal de los buenos. Creo que no era el primero al que le pasaba algo similar. Allí estaba un telefonillo de estos de post- ocupación nazi mirándome con cara de circunstancia. Presione 008 para emergencias – incendios, salud, etc… Venga, vamos allá. Una llamada, dos, tres, cuatro y una voz al otro lado. “Hola, estoy atrapado entre dos puertas”. “Ah, pero eso no es una emergencia” Para mi si “Ahora le paso a quien corresponde”. Un minuto de espera y se oyó otra voz. “Hola, estoy atrapado”. La conversación estuvo fluyendo en francés pero me atasqué. “Perdone, ¿Me puede repetir eso en inglés?”. Risas nerviosas. Me farfulló dos cosas incomprensibles (por mi madre que no era inglés). Lo doy por imposible. “Volvamos a francés pero paso a paso”. Me preguntaba por el edificio. Le doy la referencia y me abre la puerta principal automáticamente. Llego en tranvía al albergue con un hambre de perros. Eran las 9:30 y ya no sirven cenas en los pubs de alrededor. Pedí una brocheta de pollo en un kiosko cercano y ya no quedaban. Me colocaron un bocata de patatas fritas. Venga, no me jodas.
Y es que el día, que había sido un verdadero cúmulo de desdichas, no podía acabar de otra manera. Como el anterior, me encaminé temprano a la universidad y a las 8:45 ya estaba allí. Como en la UPF, abriendo el departamento, porque no había ni el puma por allí. La gente empezó a llegar entre las 9 y las 10, pero con la calma. Dejé la puerta abierta a propósito pero no pasó nadie por delante, al menos que yo me enterara. Ese día había quedado en ver a Elena a las 13:00 e irnos juntos a comer. La rue de Luxemburg número 45, frente a la comisión europea. Respondí a algunos correos y envié otras veinte solicitudes para ver piso. Seguía sin respuesta – al final de la tarde concerté una más para el lunes. San Google maps había sido bastan explícito sobre cómo llegar a la rue de Luxembuorg. Ninguna complicaciónhay que coger el autobús número 71, al lado del edificio de la universidad y te plantas allí en media hora. Salgo con una y media por si las moscas. Hasta la zarigüeya bizca del zoo de Berlín podría hacerlo. Evidentemente, yo no. Salí por la puerta que no era y no solo fui por la calle paralela a la que debía ir – una larga avenida llena de coches – sino que caminé en dirección contraria a la ciudad.
Diez minutos, veinte minutos… Paradas vacías y ni un autobús. Pone 71. Bueno, ya pasará me decía a mi mismo. Voy dejando a mi derecha las embajadas de Arabia Saudí, Moldavia, Japón, Uzbequistán… El césped muy bien cortado, las vallas bajas y gente despreocupada yendo y viniendo en sus cochazos de impresión. De repente me topo con el cartel de fin del término municipal de Bruselas. Vale, definitivamente no es por aquí. Pregunto a un despreocupado señor que pasea con su perro. “No, no, vas en dirección contraria”. Mierda. Media vuelta al punto de partida, alcanzo la universidad y voy a donde me toca. Ahora sí, gente esperando en las paradas de bus y un 71 ¡Aún puedo llegar, quedan 15 minutos! Como Elena no tiene internet no sabe si he recibido su mensaje así que tengo que llegar lo antes posible. Creo que me tengo que bajar en la segunda parada tras una curva, según el mapa. Efectivamente, me bajo en la que no es. Vale, creo que es el barrio congoleño, no está muy lejos.
Le pregunto a un señor mayor cómo llegar “uh, está muy lejos eso”. Me manda en la dirección opuesta pero gracias a un cartel informativo encuentro el camino de nuevo. Parlamento europeo, plaza de Luxembourg. La calle está justo al lado ¡Victoria! Solo he llegado 45 minutos tarde y no hay nadie allí. Me comí un bocadillo tirado en la hierba de un parque de al lado. Ahora me toca volver a la Universidad e intento desandar mis pasos. No soy capaz de encontrar la parada del 71 aunque pone que para en todas ellas – y no pasa en media hora en ninguna de las dos. Me volví caminando durante más de una hora por el barrio de Ixelles. Tras la odisea, llego agotado a la universidad y al borde de deshidratarme. Justo en ese momento dos de mis nuevos compañeros estaban llamando a mi puerta. No sé ni qué les dije y se volvieron a sus despachos. Al rato volvió uno para ver cómo iba la búsqueda de piso. Me dice que aquí es mejor el teléfono o pasearse por las communes, que internet no lo usan mucho. Pues qué bien. Termino de escribir algunas cosas pendientes. Tengo tareas que hacer pero no me centro. Son las 20:01, tarde para los estándares de este país. Mejor me voy para el albergue a ver si cierro la jornada porque con el día que llevaba… ¿Qué más podría salir mal?
Pd: Este sábado lo pienso dedicar a pasear por el centro, cancelar la reserva del albergue para la segunda semana – ya he encontrado quien me acoja – y conseguir una SIM local prepago. De momento tres de tres. Me voy al bar de la prima de una amiga el cual, efectivamente, está en Ixelles. Que suerte, me conozco bien la zona.
Publicado en Bruselas, La vida misma
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Mi pica en Flandes (2): La Universidad Libre
Ayer fue el día intenso administrativa y socialmente. Tras apenas pegar ojo por culpa del haitiano y el portugués – los cuales, por supuesto, dormían plácidamente cuando yo me levantaba a la siete – bajé a desayunar. Dos tostadas, un zumo y un café en medio del bullicio de una expedición de japoneses iban a ser todo mi combustible. Era hora de encaminarse hacia la ULB. Siguiendo el mapa con atención, subí la empinada rampa que daba al palacio de Justicia (por supuesto, había un ascensor que no descubriría hasta estar arriba) y tomé el tranvía 94. Mi primera parada fue el International Desk, una especie de centro de bienvenida en el que te orientan sobre los temas básicos para sobrevivir. Había llegado media hora antes de lo previsto, así que una amable funcionaria me sentó a tomar un café caliente. Yo seguía devorando la biografía de Azaña de Santos Julia y fuera hacía un tiempo estupendo.
Cuando llegó la chica me sentó para explicarme todas las cosas básicas que debía saber. Ya dedicaré otra entrada a parte para hablar de Bruselas, una ciudad un poco caótica, pero que es casi tan caótica que podría funcionar. De todas formas, lo esencial de la discusión fue la búsqueda de piso, la firma de papeles con los de recursos humanos, el empadronamiento y las mutuas de salud. Bruselas está dividida en 19 communes separadas, de modo que tengo que inscribirme allí donde decida vivir. Por otra parte, el tema de la asistencia sanitaria queda en mis manos. Aquí tienen un sistema de copago cuando van al médico y de mutuas semi-públicas las cuales, con carácter de oligopolio, tienen filiación política. Tienes la mutua de los socialistas, de los liberales, de los cristiano demócratas… Las prestaciones pueden variar un poco entre ellas (por ejemplo, la cristiana no cubre planificación familiar) pero los precios son casi iguales. Sistemas consociacionales, mil risas y complicaciones.
Tras despedirme de la amable señora del centro de bienvenida (no sin antes comprometerme a charlar con su marido, que trabaja en algo así como una reforma electoral para crear un distrito federal en Bélgica y quien me manda a mi meterme…), me encaminé a al CEVIPOL. Aunque la secretaria no había de venir en todo el día, sí pude conocer a casi todos los miembros del lugar. Son unos cuarenta y más de la mitad son doctorandos, luego en promedio son gente joven. Además, hay una desproporcionada presencia femenina y ya estoy empezando a pulsar teclas en lo que parece que es un matriarcado. En todo caso, me han recibido de una manera muy amable y calurosa. Incluso han tenido la gentileza de ponerme el letrero en la puerta del despacho, una cosa que se agradece aunque lo hayan puesto mal (Casano again). No les voy a decir nada de momento. Lo han intentado.
A la hora de la comida, que obviamente fue temprano, nos dirigimos a un edificio adyacente. Sí, aquí tienen hierba, campus, y gente tumbada tomando el sol y haciendo el ganso. Una universidad al uso, vamos. Lo que no tienen es un Soteras como en la UPF. Aquí hay varios sitios en competencia donde puedes conseguir pasta o sándwiches. Yo tiré por lo primero y me dieron una especie de bol lleno hasta arriba de macarrones con la salsa que elegí – pollo al curry, mala idea. Lo comimos en la hierba, algo impensable en un país mediterráneo, en donde somos respetuosos con la liturgia del yantar. Y vino la noticia: Me iban a agregar al grupo de Facebook del CEVIPOL. ¡Su departamento tiene un grupo de Facebook! ¡Lo que hubiera pagado yo por estar en un grupo de Facebook con algunos que yo me sé (los iba a bombardear a memes)! Solo esto ya apunta a que la vida departamental parece diferente aquí, aunque convenga no precipitarse.
A la tarde, tras haber mandado como otros veinte correos para visitar pisos sin demasiado éxito, se me llevaron a una barbacoa del departamento. Un resumen de las conclusiones que extraje de la ocasión serían las siguientes. Primero, que las señales del matriarcado se incrementan: En muchas ocasiones había una mujer al frente de las brasas. Segundo, que aquí hacen un sistema de doctorado en 1 curso preparatorio + 3 para hacer la tesis con lo que tienen que ir a saco, normalmente sin hacer docencia. La gente joven que conozco está casi toda en el primer año post curso. Tercero, que son gente bastante amigable y horizontal, entendiendo que había allí desde el decano – con sus hijas correteando – hasta el último mono del departamento. Cuarto, que los puedo tumbar bebiendo. Y finalmente, que hay que aprovechar este buen tiempo que es algo escaso en Bruselas. Tomo nota.
Tras las salchicitas y pollo de rigor y como el tiempo se me había pasado volando, opté por marcharme hacia el albergue a eso de las diez y media. Pillé el tranvía que no era – un clásico – pero resultó ser el de otra combinación posible para regresar. Dentro había dos de la fiesta – uno de los cuales, italiano, vivía enfrente del albergue – y amablemente me guiaron a casa. Estaba bastante cansado, había sido un día intenso y difícilmente podía dar más de sí. Eran los doce de la noche, en todo caso, la jornada fue inmejorable. Del haitiano y el portugués no había ni rastro.
Publicado en Bruselas, La vida misma
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Mi pica en Flandes
Aunque esto lo colgaré casi seguro cuando llegue al albergue (23:50), ahora mismo lo estoy escribiendo desde el antro más infernal que os podáis imaginar. A la altura de la Rue Blaes – una zona llena de inmigración africana, no sé muy bien donde – estoy en una tasca forrada de madera sobre la que da el sol de lleno. Ahora mismo solo una cerveza con sabor a meado de gato logra hacer que no me desmaye mientras que se genera una suerte de efecto horno. Mientras, el camarero me sigue mirando de soslayo. Le había sorprendido que entrara alguien pero cuando he sacado el ordenador, en cierta manera, se ha relajado. Sabe que lo tengo más complicado para salir corriendo. Desde luego tengo bastante madera para encontrar sitios sórdidos, las cosas como son… El periplo promete dar de sí.
Como mi vuelo salía a las 12:50, a eso de las 10:30 ya estaba saliendo de casa, porque yo soy de los de ir prontito y sentarme a esperar con un libro de bolsillo. Esta vez solo me he tenido que volver a casa a mitad de camino una vez, lo que está bastante por debajo de la media. Esta vez me había dejado el pasaporte y la bolsa de aseo y he vuelto a por ambas cosas. Nunca sabes cuando las podrás necesitar. Lo dicho, he llegado con tiempo suficiente al aeropuerto y casi hago una “mariñada” perdiendo mi vuelo porque, entretenido con la lectura, no me entero de que estaban embarcando. El vuelo ha sido bastante apacible quitando que arrastro un molesto dolor de cabeza por el cambio de presión. Sospecho que el cráneo me ha encogido en el viaje.
Desplazarse desde el aeropuerto hasta la ciudad ha sido sencillo. Un billete de tren por 7.50 y bajada en la Gare Central. Desde allí, no estoy muy seguro cómo, he sido capaz de orientarme para llegar a la primera al albergue de la juventud. Sí, estaré en un hostal internacional, con lo que haré muchos amigos y que la fiesta no pare – ahora mismo el sonido de la discoteca llega a mi habitación. Sí, haré amigos, concretamente seis más, lo que me hace sentirme más empático y unido a la humanidad. Cuando he dejado las cosas más o menos ordenadas u ocultas según el caso me he movido al centro por instinto – no he conseguido un plano hasta mucho más tarde –. Ya he visto la Grand Place y el niño meón. De momento, para no ser el extranjero (Gonzalez Pons dixit) la gente habla muchas cosas raras.
He tenido que hacer una parada al borde del desfallecimiento para comer algo a eso de las cuatro. Mala hora; demasiado tarde para su comida y demasiado pronto para su cena. He optado por la salida conservadora; un falafel. Me ha atendido una amable señora mayor que con una mano cortaba la carne y con la otra abroncaba en francés a sus hijos – o sobrinos – por dejar la casa hecha una mierda. En algún momento me ha metido en la conversación diciendo algo así como “¿No piensa usted?” y he asentido muy fuerte muy fuerte. Por el bien que me corre. En las terrazas se está muy bien de todas maneras. 21 grados y sol intermitente. Me imagino que no durará pero la ciudad se está portando.
En breve tengo la primera ronda de visitas a “conocidos de conocidos” en Bruselas. A ver si me pueden echar una mano. Mañana temprano a la universidad. Primero, con el asistente de bienvenida para mirar asuntos de papeleo con las autoridades. Luego, con la secretaria del CEVIPOL. La comida ya la tengo concertada con la jefa del lugar en reemplazo de Pilet y a la tarde tengo una barbacoa con toda la gente de mi nuevo departamento. Demasiado intenso. Tengo dos semanas para buscar piso. Si fuera menos tampoco pasaría nada, aunque probablemente echaría de menos a mis nuevos compañeros de habitación. Es que los ronquidos unen.
Nota lingüística: Por una razón que no entiendo del todo parece que estoy como “medio” comprendiendo el francés y, casi por respeto, me sale responderles en la misma lengua. Sospecho que le estoy dando más patadas que Revilla a un manual de ciencia política, pero me alegro de que salga solo. Ahora solo queda aprenderlo… De nuevo.
Nota geoespacial: A la vuelta de ver a esta persona “conocido de conocido”, que amablemente me ha dado de beber cerveza en una terraza, me he perdido una hora por una especie de barrio marginal. Ha sido divertido porque yo andaba con mucha decisión para que no pareciera turista y me robaran pero al final me he derrumbado ante una señora. Solo una de ellas me ha mandado en la dirección correcta pero ya se sabe, lo que cuenta es la intención.
(actualización 12:00)
Nota narcoléptica: El mexicano de mi habitación ronca, algo que puedo sobrellevar. Sin embargo, me resulta un poco complicado dormir cuando tengo a un portugués preguntándome cosas cuando estoy en la cama (y que entra y sale para fumar) y a un haitiano dando morcilla. Lo de este último es de traca. Primero me despierta diciendo que estoy en su cama – como si tuvieran nombre – pero luego dice que no importa. Luego se asea echándose agua del lavabo, que tenemos integrado en la habitación, chapoteando como un bebé de hipopótamo. Y ya por último, se sube a la cama y empieza a botar como un Pou gigante. Estuve dos horas sin pegar ojo. Esta noche llevaré cloratita.
Publicado en Bruselas, La vida misma
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